Y tú...

¿Te quieres lo suficiente?

Os voy a decir una cosa: Solo hay un apartado en esta web que esté "on fire", y no es precisamente el blog (pista: hay fechas en él). Así que vamos a ponerle remedio, que no será por temas en el tintero.

Por ejemplo, la superexigencia de las mamis. Yo la primera.

Básicamente lo que pretendemos al publicar esta entrada es haceros reflexionar sobre la importancia de ser empáticas y generosas... ¡con vosotras mismas! Porque, demasiado a menudo, somos el último mico en nuestra propia fiesta -es decir, en nuestra vida.

Y es que ¿os habéis fijado con cuánta frecuencia escuchamos a mamis autoinculparse? ¡Por todo!

  • Si el bebé come mucho: Esto no es normal y hay muchos números de que yo, su madre, haya hecho algo mal, o tomado las decisiones erróneas en algún momento del camino.
  • Si el bebé come poco... ¡lo mismo! 

Al final, el razonamiento siempre lleva a la misma conclusión: Hacemos muchísimas cosas mal, por no decir todo, todo el tiempo. Somos las peores madres del universo. 

Pero, ¿de verdad lo somos? Lo dudo. Mucho. El problema radica, sencillamente, en esa falta de amor hacia adentro, hacia nosotras. Parecería que, de tanto dar, no nos quedara ya nada para nosotras.

 

Por poner un ejemplo muy evidente que te hará entender lo que quiero decir:

 

Cierra los ojos e imagina por un segundo que fuera tu mejor amiga la que estuviera teniendo problemas con su lactancia, o con los inicios de su maternidad. ¿Cuál sería tu discurso?

 

A) Eres una pésima madre. Algo debes estar haciendo mal para que te duela/sentirte tan mal cuando acabas de ser madre. Tu familia tiene razón. Qué tozuda eres. Vas a acabar dañando a tu bebé, con ese afán de tener razón y proseguir con una lactancia tan complicada. Con lo fácil que es dar un biberón, y listos. Y mira qué bien lo hacen las demás, qué estupendas están, qué poco pierden los nervios... ¡Y tú! Todo el día cansada, con esas pintas y sin energía para nada. No puede ser normal.

O bien...

B) Tranquila. Todo se arreglará. Solo has de pedir ayuda, y seguro que de la mano de alguien que sepa eres capaz de salir de ésta. Porque en plazas más grandes has toreado. Esto es solo un bache, insignificante además, si lo comparas con toda la vida de tu bebé. Yo tengo fe en ti. Eres de las madres más informadas, además de amorosas y preocupadas por el bienestar de su peque que he conocido. Lo estás haciendo fenomenal. Te quiero.

 

Es evidente que, si es tu amiga, tu discurso será el B). ¡Qué demonios! ¡Probablemente lo sea aunque esa mamá en problemas ni siquiera sea tu amiga y nunca te cayera bien! Así que imagínate: eres capaz de hablarle así a ella, a tu amiga o a esa conocida que nunca te gustó, y sin embargo, si el problema lo estuvieras sufriendo tú... ¿qué te estarías diciendo?

 

Muy probablemente, algunas de las cosas que leíste en A).

¿Y no te parece extraño que seas precisamente tú la persona a la que peor tratas en situaciones de crisis? ¿A la que hablas con menos amor y cariño? ¿Con la que te muestras más dura e hiperexigente?

A mí no, la verdad. Visto el entorno, el nivel de exigencia loca que nos rodea y nos abruma, lo que me extraña es que no estemos todas bastante peor. Y quiero pensar que uno de los motivos es ese impulso que tenemos muchas de buscar pares, de agruparnos y hablar, compartir y encontrar el apoyo que necesitamos en otras madres. 

Creo firmemente que, una forma de cuidarnos más, es ciertamente el compartir; compartir experiencias, compartir emociones, compartir truquis... Porque de esta manera otras personas nos ofrecen esas palabras que nosotras no sabemos dedicarnos. Y nos sentimos arropadas y comprendidas.

El siguiente paso sería, pues,

  • aprender a arroparse y autoperdonarse. Eso se consigue cambiando el discurso mental. Para eso hemos de "escucharnos" atentamente: ¿qué estoy pensando sobre mí misma, qué me estoy diciendo para sentirme tan mal? Una vez localizado el discurso, cambiarlo. Por ejemplo: Pasar de "Dios mío, ¡qué poca paciencia tengo! ¡Esta tarde no paro de gritarle!" a "Solo soy una persona, puedo tener un mal día. A todo el mundo le pasa." 
  • Buscar espacios para recuperar energía: quince minutos de salir a correr, veinte minutos de un episodio de nuestra serie favorita, media hora de baño relajante con la música que más nos guste, un ratito para hablar sin interrupciones con nuestra mejor amiga... Sobre todo al principio, no han de ser grandes gestos, ni que impliquen logísticas súper complejas. Pero con uno cada día nos procuramos un mínimo nivel de hedonismo y egoísmo del bueno, ¡del que nos beneficia!
  • Pide ayuda. No pasa nada por saltarte a la torera tu parte del trabajo de la casa. Si das el pecho, solo puedes darlo tú, pero el resto de obligaciones mundanas puede: 1) dejarse sin hacer o 2) ser delegado en otras personas.
  • Y para acabar y parafraseando este artículo: mejor una mamá feliz, que una mamá perfecta. :) Así que... ¡que vivan las imperfecciones!
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Dar de mamar y trabajar... todo es empezar

Puede que tu trabajo represente una parte importante de quién eres. Que te defina, que te haga mejor persona, que te apasione. O puede que para ti tu trabajo sea simplemente el medio para pagar tus facturas, tus hipotecas y tus vacaciones. O el lugar donde te reencuentras con compañeros a los que quieres y aprecias, con los que amas hacer equipo. En cualquiera de los casos, volver a trabajar después de cuatro, seis, diez o veinte meses de baja o de excedencia, es duro. Independientemente de si has estado dando el pecho, haciendo lactancia mixta, o dando biberones de leche de fórmula. 

Separarte tantas horas de la persona que te ha cambiado completamente, que te ha vaciado de paciencia y de energía, pero colmado de amor, que ha sido el centro de todas tus preocupaciones, dudas, alegrías y tristezas en los últimos meses... cuando hasta ahora no os separabais ni para ir al baño (literalmente) es un mal trago.

Si además sumamos una situación, bastante común en nuestro grupo, en la que los inicios de la lactancia materna fueron difíciles y accidentados y por fin, ¡por fin! todo fluye y mamá y bebé están disfrutando como enanos de una lactancia tranquila y placentera... todavía se nos hace más cuesta arriba, si cabe.

Así que, como hacemos habitualmente en el seno (¡nunca mejor dicho!) del grupo, durante las reuniones de los miércoles por la mañana, os traigo esta vez experiencias de algunas mamis que, habiendo pasado por el trago de regresar al trabajo después de una baja corta, media, larga, excedencia o todo ello sumado, desean compartir sus temores y vivencias con las que venimos detrás, y que, más tarde o más temprano, nos veremos en la misma tesitura. Prepárate una tacita de té o un café con leche, unas galletitas y ponte cómoda, que por aquí vienen...

Las historias de A y H

A tenía ocho meses cuando volví al trabajo.

Vivíamos una situación familiar complicada y había decidido alargar un poco la baja con una excedencia. Yo estaba preocupada por lo que nos preocupamos todas, ¿me conseguiré sacar suficiente leche? ¿cogerá el biberón? y si no lo coge ¿cogerá el vaso de adaptación? ¿la cuchara? ¿comerá algo en todo el día?

Habíamos hecho alguna prueba pero ninguna muy en serio. En el libro de Carlos Gonzalez habíamos leído que no hace falta hacer sufrir al niño antes de tiempo e ir probando antes del día X, que cogerá el bibe si quiere y no lo cogerá si no está por la labor. ¡Pero no le pasa nada!

Dos meses antes aproximadamente empecé a hacer el banco de leche. Conseguí tener casi 3 litros de leche en bolsitas, pero lo máximo que me sacaba cada vez eran 50 ml ¡y me temía que A comía mucho más que eso! ¿que iba a hacer al empezar a trabajar si sólo conseguía sacar 50? ¡Me iba a comer el banco de leche en 15 días! 

Y llegó el día...

Cuando me fui de casa no me preocupaba la lactancia -me preocupaba separarme de mi bebé tantas horas, irme cuando aún estaba dormida y no haberla visto desde la noche anterior, pero eso es otro tema...

¡Todo acabó con final feliz!

A cogió el biberón súper bien (¡es cierto no todos lo hacen!) se dejó cuidar por papá y por la canguro (estábamos en pleno verano y no había guardería) ¡y comió muchísimo! Como 300 ml. Pero.... ¡¡¡yo en el trabajo me saqué 400 ml!!! Mi preocupación por dilapidar el banco de leche desapareció. Al no estar con ella todo el día en la teta, obviamente el sacaleches sacó sin mayor problema una barbaridad. 

 

Mi horario en el trabajo era de 7:30 a 16:30 h. Lo que yo hacía era darle de mamar justo antes de salir de la cama si estaba un poco despierta, luego sacarme a la hora del desayuno (sobre las 10 h) y al final de la hora de comer (sobre las 15h). Con dos extracciones conseguía leche más que suficiente para ella para el día siguiente. Poco a poco la cosa se regularizó y normalmente me saco 250-300 ml, que es lo que ella se toma. Últimamente (¡ya con un año!) desde que va a la guardería el rato que yo no estoy come comida "normal" y se engancha y abraza a la teta y a la mamá en cuanto me ve :)


Con H hicimos lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, aunque yo me incorporé a la oficina cuando tenía 5 meses y una semana. Lo primero que hice fue comprarme un sacaleches y empezar a hacer un banco de leche, un mes antes de la vuelta al trabajo.

Cada mañana venía la abuela a buscar a H a casa, y así le daba el pecho hasta las 8, hora en la que tenía que salir. Durante los primeros 15 días en casa de los abuelos, H apenas tomaba leche: no quería saber nada de los biberones, y aunque le ofrecían la leche en diferentes vasos  de aprendizaje o cuchara de postre, él se negaba a tomar más de 30 ó 50 ml durante las casi ocho horas que yo estaba fuera.

Nuestro horario era el siguiente: H se despertaba sobre las 7 y le daba de mamar hasta las 8, que era cuando me iba de casa. Como venían los abuelos a buscarlo, mamaba hasta las 8 en punto. A las 15.30 h yo ya estaba en casa de los abuelos dándole el pecho de nuevo. Durante ese mes y hasta que cumplió los seis meses y comenzamos con la alimentación complementaria por las tardes y por las noches, H no soltaba la teta, así que recuperaba las horas de la mañana en las que había estado ausente.

En el momento que empezamos con la alimentación complementaria, a partir de los 6 meses, cuando llegaba a casa de los abuelos H ya había comido su verdura/pasta/legumbres con carne o pescado, mamaba de un pecho y se quedaba frito mientras yo me sacaba la leche del otro pecho, para que se la ofrecieran al día siguiente con cereales. Esta rutina de sacarme leche de lunes a viernes duró 8 meses. Al principio sacaba 150 ml, e incluso 180 ml  en 30 minutos, pero en los 3 últimos meses para sacar 120 o 130 ml necesitaba estar una hora... Conforme pasaba el tiempo sacaba menos cantidad y tenía que estar más rato con el sacaleches.

Por el tipo de trabajo que tengo, me era imposible sacarme leche en la oficina -únicamente podía aliviar la hinchazón cuando me notaba el pecho muy duro.

El pecho se regula, y los peores días eran los lunes, porque después del fin de semana dándole pecho a demanda, tocaba vaciarlo varias veces en el baño de la oficina para evitar problemas; pero el resto de la semana ya lo llevaba de nuevo bien. En mi caso se ha regulado súper bien, tanto que ya no necesito siquiera discos de lactancia (¡cosa que me parecía imposible! -al principio los manchaba mucho).

 

A día de hoy, seguimos con lactancia materna a demanda. H tiene 16 meses y lo único que ha cambiado en nuestra rutina es que, desde el mes de septiembre, ha empezado a ir a la guardería y ya no me extraigo leche. Eso sí: en cuanto lo recojo a las 15.30 h me pide, o más bien me exige, "teta yaaaaa".


Esperamos que estas historias os den ánimos para comenzar al cien por cien esta nueva etapa.

Es cierto: cada fase en la maternidad es distinta a la anterior, y sí, cuando parece que ya está todo encauzado, regresan las dudas y las circunstancias dan un giro (a veces inesperado) de 180 grados.

Pero para nosotras, que ya hemos llegado hasta aquí, no hay obstáculos insalvables, sino nuevas oportunidades para crecer y aprender.

Y, sobre todo, para apoyarnos las unas en las otras, y dejarnos mimar, querer y cuidar por aquellos que nos rodean.

¡Mucha suerte a todas las que comenzáis ahora esta nueva etapa!

Por aquí seguiremos: viéndonos, leyéndonos, contándonos...


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Libros que cambian la vida (sin exagerar)

El otro día terminé de leer "La magia del orden", de Marie Kondo. A pesar del éxito que ha cosechado, es un libro que me ha caído mal desde el primer día por varias razones:

1) A las desordenadas no nos gusta que nos hablen del tema. Es un poco tabú, sí.

2) ¿Qué me iba a contar que no supiera? ¿Eh? ¿Qué?

3) Con ese nombre....

Como podéis imaginar, al final sucumbí.

Y os voy a decir una cosa: seas una persona ordenada y pulcra o un desastre como yo, creo que te va a gustar. Sobre todo si eres capaz de hacer abstracción de la parte un poco "esotérica" que me hizo chasquear la lengua en más de una ocasión.

 

Así pues, admito que fueron varias las lecciones que extraje de su lectura, y que me gustaría compartir aquí (espero que no os importe el momento "spoiler"):

  1. Realmente, una casa ordenada es un lugar donde se respira más paz y se vive mejor. Tenía mis dudas al respecto, pero he confirmado en mi propia piel que es así. De verdad.
  2. Una vez tienes una base de orden en casa, puedes hacer otra cosa con tu tiempo libre, tu energía y tu pensamiento -puesto que ya no has de dedicar cada minuto, invariablemente... ¡a ordenarlo todo!

Pero a lo que iba... Cuando terminé con el libro -y tras la locura de orden, limpieza y organización que siguió a su lectura-, pensé que era uno de esos libros que te cambian la vida. Es decir, tú piensas y actúas de una forma antes de leerlo... y piensas y actúas de otra manera respecto al tema en cuestión, cuando lo terminas. Y dándole vueltas a esa idea, me percaté de que, de hecho, no ha sido el primer libro que produce ese efecto en mí. Así que os dejo una selección de los que, claramente, me han cambiado el "chip", le han dado completamente la vuelta a mi tortilla mental, vaya. Seguramente los conocéis, porque suelo recomendarlos a menudo, pero nunca les he dedicado un apartado completo. Y se lo merecen.

Un regalo para siempre jamás

Éste fue el primer libro que recuerdo que me sacudió y destrozó sin piedad todos mis esquemas previos. Y es que os reconozco que mi vida como madre que daba el pecho (y más adelante como "madre" en general) dio un giro de 360 grados tras descubrir este manual de lactancia. Y luego tras leer "Bésame mucho", y a continuación,"Mi niño no me come" (por este orden). Yo tenía una idea de lo que era dar el pecho, como todas, que era más o menos ésta: tú pones al bebé a mamar, y si tienes suerte puedes disfrutar de una lactancia placentera (pero no demasiado larga, ¿eh? que los niños con dientes ya no deben mamar, sino comer potitos), y sino, pues nada. Te pasas a la leche de fórmula y listos.

Ja. Ja. Ja. 

Éstas han sido las lecciones más importantes que aprendí de los tres libros de Carlos González:

  • Que la maternidad, como otras etapas en la vida, es mucho menos complicada de lo que nos quieren vender.
  • Que, aunque a veces las voces del exterior no nos dejan escucharnos a nosotras mismas, es mejor seguir tus instintos y escuchar a tu bebé que relegar al olvido lo que tu cuerpo, tu corazón y tu cabecita está diciéndote a gritos (del tipo: "¡pero si me gusta cogerle en brazos!", "¿de verdad tengo que hacerle el avión para que coma la papilla?", etc...)

Y por último pero no menos importante:

  • Que tu peque no solo no te está tomando el pelo (básicamente porque no es capaz de formular el mundo en esos términos, tan complicados, de los adultos), sino que sabe muchas cosas más sobre sí mismo de lo que jamás podrás aprender tú sobre él (o de lo que puedan decirte personas bienintencionadas a tu alrededor). Es decir: Confía en él.

La psicología cognitiva de Rafael Santandreu

En magnífica hora cayeron en mis manos los libros de este psicólogo atípico y algo loco que nos ha cambiado la forma de ver la vida a toda la familia. Gracias a sus estrambóticas enseñanzas hemos aprendido:

  • Que no solo la maternidad es más sencilla de lo que la pintan, sino que la vida puede serlo, también.
  • Que, si nosotros aplicamos esta filosofía de vida en nuestro día a día, podemos dejar a nuestros hijos un legado maravilloso, y que por poco que se empapen de, digamos, del 10% de nuestras enseñanzas, les estaremos ayudando a ser algo más fuertes ante las adversidades, y más felices.

¡No estoy comiendo bien!

Yo era de esas personas convencidas de llevar una dieta magnífica porque comía de todo: mucha verdura, alguna fruta, legumbres una vez al año, y bollería a tutiplén. Bueno, reconozco que, muy en el fondo, intuía que la verdura no "limpiaba" el efecto nocivo que otros alimentos podían tener en mi salud... Pero era un dato que prefería obviar. ¡Porque es que, si nos ponemos más papistas que el papa, ya no nos queda nada por comer!

Pero después de "Se me hace bola", de Julio Basulto, comencé a ver claro que, realmente, no me estaba alimentando correctamente: no solo mi dieta diaria estaba plagada de productos ultraprocesados (insanos), sino que tampoco estaba ingiriendo (y eso que yo creía firmemente que sí) las cantidades suficientes de frutas, verduras, frutos secos, cereales integrales y, sobre todo, legumbres. En cinco palabras: era una omnívora mal alimentada. Y lo peor de todo, y más difícil de admitir: mis hijos también.

A partir, pues, de las sencillísimas (en teoría, claro) pautas propuestas en el libro, he ido cambiando la alimentación de toda mi familia paulatinamente. Ahora puedo decir que comemos muchísimo mejor que hace un año -aunque, como vivimos donde vivimos, no estamos libres de las gominolas, ese gran aliado de los cumpleaños felices, ni de la bollería artesanal ni industrial. Porque, sencillamente, no vivimos en la luna, donde nadie compra ni consume alimentos superfluos.

¿Tenéis vosotras algún libro guardado como oro en paño porque os cambió la vida? ¿Cuál es? ¿Y qué tiene de especial? Si alguna novela u obra de divulgación hapuesto tu mundo "upside down", compártelo en los comentarios, o en el grupo de WhatsApp. 

Y pasando a otros asuntos...

.... igualmente importantes, por supuesto, avisaros que estamos en plena cocción de la nueva agenda para los primeros meses de 2018. Si tenéis propuestas e ideas de talleres, charlas, mini-cursitos, dejadlos aquí en los comentarios o, si estáis dentro del grupo de Whatsapp, dejad allí vuestra propuesta. ¡Todas las ideas e inquietudes son bienvenidas!

 

Anotad también el cambio en la charla sobre la pedagogía Montessori, que vendrá a ofrecernos Lucía, del Nido Montessori de Esplugues, de forma completamente gratuita: será el miércoles 13 de diciembre, de 12:30 a 15 h en la sala que hay en la primera planta del Centre Cívic Les Planes. Ok? Podéis traer a quien queráis, previo aviso a través de teléfono o WhatsApp.

 

Por último, recordaros que para la próxima entrada sí que haremos un pequeño compendio de experiencias sobre lactancia y reincorporación al mundo laboral... A ver si damos algo de ánimo a todas esas mamis que pronto volverán al trabajo.

 

¡Nos leemos pronto!

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Cuando llega el segundo: ¿tándem sí, o tándem no?

Estamos ya en un punto de la andadura del grupo en el que Esther y yo comenzamos a ser testigos de mamis que regresan a él, después de un paréntesis de bastantes meses, con tripitas incipientes o, incluso, con el segundo o la segunda ya pegado/a al pecho (y es que no hay nada como tener procesada e interiorizada la información que recopilamos con el primero para utilizarla rápidamente en cuanto el segundo asoma su naricita). Lo cual nos congratula: al fin y al cabo, suelen ser mamis que no tienen problemas para establecer sus lactancias, pero disfrutaron de su paso por el grupo cuando vinieron a él por primera vez, y repiten.

Una de las dudas que se plantean las mamis si el mayor todavía toma pecho es cómo conciliar la alimentación del recién llegado con el veterano de la teta.

Si se puede.

Si es beneficioso para alguien.

Si es fácil.

Como suele ser el caso en estos temas, la respuesta más sincera no es la más corta ni la más tajante. Así que vamos a ir pasito a pasito (sí, ya lo sé, yo también tengo esa canción taladrada en mi cerebro).

Sí, se puede

Que no cunda el pánico: digan lo que digan, hay leche para todos. Sino, que les pregunten a las mamás de mellizos, gemelos o trillizos, por ejemplo. Puedes leer un montón de información útil sobre la lactancia en tándem aquí. Así que por poderse, se puede. Es más, cuando hay tándem, durante el primer mes el pequeño gana peso más rápidamente que cuando no lo hay. Y contrariamente a lo que se creía, dar el pecho durante el embarazo tampoco provoca que el bebé nazca más pequeño, ni que los embarazos sean más cortos (cuando dar el pecho al mayor provoca contracciones, simplemente se interrumpe la toma y esas contracciones paran).

Sí, es beneficioso

¿Para quién? En primero lugar para el mayor o la mayor, que no se ve destetado/a forzosamente por el embarazo o la llegada del pequeño. No parece gran cosa, así a simple vista, pero para él o ella supone un cambio menos en su ya ajetreada nueva existencia. Y eso siempre es de agradecer.

En segundo lugar, para el bebé, pues la lactancia en tándem favorecerá el vínculo con su hermana o hermano mayor. Además, parece ser que no se producen las crisis de crecimiento, puesto que hay en todo momento leche de sobras.

Y por último pero no menos importante, para la madre, que podrá pedir al mayor que le vacíe el pecho cuando le moleste el exceso de leche, previniendo posibles obstrucciones y otros problemas del pecho que suelen presentarse durante las primeras semanas de vida del bebé.

¿... Y fácil?

Ésta es la pregunta más peliaguda.

Si consigues superar el embarazo dando de mamar al o a la mayor (a menudo se destetan solos porque disminuye la cantidad de leche disponible, o les destetamos nosotras porque los pezones se convierten en zonas ultra sensibles de nuestro cuerpo), la continuación ya no tiene mayores complicaciones. Podrás comenzar con la lactancia en tándem sin mayor problema. Ahora bien, en algunas ocasiones he sido testigo de situaciones complicadas: cuando el mayor, en su necesidad intuitiva y vital de mami, quiere recuperar el tiempo que ahora le arrebata el pequeño, asegurarse de que es querido como antaño...

Es decir, que puede ser que la relación entre el hermano o la hermana mayor y la mamá se vea afectada... para mal. Que la mamá viva esta lactancia del mayor como una intrusión en su vínculo entre ella y el bebé, que tenga dificultades para relacionarse normalmente con él o ella. Que eche de menos la intimidad que proporciona el alimentar con lactancia materna al bebé, a solas, los dos. Que los cambios en casa provoquen que el o la mayor sea más demandante, a ratos exigente. Poco tolerante con mamá. A menudo enfadado con ella. 

En palabras de María, mamá de Xil y de Marc, a veces"la demanda del mayor puede agobiar. Pero tienes que intentar empatizar y comprender por lo que está pasando y tener mucha paciencia. Aunque te sientas como una vaca lechera, al menos en mi caso me pasé el primer mes dando teta todo el tiempo, a uno y/o al otro..." A pesar de ello, María recomienda la lactancia en tándem, aunque también puntualiza: "solo si te sale de dentro, si te apetece de verdad. Porque habrá momentos de estrés y creo que destetar al mayor una vez nacido el hermano puede ser muy perjudicial. Con el hermano recién nacido estará en un estado demasiado vulnerable. Mejor hacerlo durante el embarazo."

Resumiendo...

  • Si estás dando el pecho y te quedas embarazada, puedes seguir dando el pecho sin mayor problema. No es necesario destetar al mayor si ni él ni tú queréis, y sobre todo si a ti no te duele.
  • Las primeras fases del embarazo son las mejores para decidir si quieres o no mantener la lactancia materna del mayor cuando nazca el pequeño. Infórmate, ven al grupo, pregunta a otras mamás que hayan amamantado en tándem y consulta con tu corazoncito.
  • Si has decidido destetar al mayor, ven a vernos, escríbenos o llámanos para que podamos ayudarte con el proceso.
  • Una vez llegue el pequeño o la pequeña, ármate de paciencia, y procura rodearte de familiares que no te juzguen y estén dispuestos a echarte una mano (de verdad).
  • El nacimiento del bebé suele provocar que el mayor o la mayor, que a lo mejor ya era bastante autónomo cuando te quedaste embarazada, vuelva a querer mami como si no hubiera un mañana. A veces incluso el proceso se adelanta a la fase del embarazo. Es un proceso normal. Piensa que su mundo ha dado un giro de 180 grados, y tiene que asegurarse de que sobra amor para todos, de que no se le va a abandonar para dejar espacio al recién llegado -tardará posiblemente meses en quedar convencido...
  • Es una obviedad, lo sé, pero no quería dejar de puntualizar que la lactancia en tándem tiene pros y contras, como casi todas las decisiones. La respuesta, al final, solo te pertenece a ti.

El grupo en verano

Como supongo que ya sabréis, mientras duren las vacaciones escolares nos reuniremos los miércoles, de 18 a 20 h en el parque de la Fontsanta, detrás de las viñas y la guardería El Gegant Del Pi.

El lugar es sombreado y a pesar del calor, de momento hemos estado tan ricamente.

Muchas llevamos a nuestros hijos mayores, así que no dudéis en traer a los vuestros, y si podéis, algún juego divertido, una pelota... y algo de merienda para compartir, también. Esther ha cometido el error de decir que el miércoles que viene nos trae su hojaldre con nutella (a ver si hay suerte y llega calentito...). :-)

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¿Pero por qué querría nadie hacerse vegetariano (cuando está tan rico el jamón serrano)?

Escribo esta entrada, aunque nada tenga que ver con la lactancia materna ni con la maternidad, porque llevo tiempo pensando en cuánto me hubiera gustado que alguien, ahí fuera, en el ciberespacio, publicara en un texto qué razones podría tener nadie para hacerse vegetariano o vegano, cuáles son sus ventajas e inconvenientes, y me resolviera algunas dudas de tipo dietético-nutricional. Así que aquí tenéis mi experiencia, por si puede servirle a alguien. 

Si tú eres una de esas personas que te imaginas, a veces, siendo vegetariano o vegano, pero no sabrías exactamente por qué hacerlo y todas las razones te parecen vagas o insuficientes, aquí va mi historia:  

 

Todo comenzó por una preocupación de índole nutricional. Realmente, desde siempre he basado mi alimentación en las verduras, pero nunca he tenido la impresión de llevar una dieta equilibrada. Comía muchos dulces, y siempre había galletas en casa. También me encanta y comía a menudo embutido y mantequilla. Mermeladas y helados. Aunque la carne hace bastante tiempo que me da un poco de…  ¿cómo decirlo? ¿asco? Sí, creo que es el término más apropiado…  solo hace unos meses fui consciente de que, cuando comíamos fuera, pedía casi exclusivamente pescado. O pollo. El caso es que tuvieran el aspecto y el sabor lo más alejados del animal de origen posible. ¿Os dais cuenta? Yo no, hasta hace poco.

Paralelamente vino el asombrarme ante lo bien que se alimentaban algunas de las mamis del grupo de apoyo. Sí, sí; ¡de éste! Enviaban fotos a través del grupo de WhatsApp de platos deliciosos y completamente sanos que acababan de cocinar, para ellas y para sus bebés. A veces incluso veganos. Comidas cocinadas en casa, con tiempo y amor, y hasta arriba de fibra, vitaminas… ¡y además de aspecto suculento! Ahí comencé a hacerme más preguntas: ¿Cómo podía ser que ellas, que tenían bebés pequeñitos, sacaran el tiempo para cocinar esos manjares? ¿Y yo, con dos niños más mayores y claramente más tiempo disponible, no fuera capaz de comer ni la mitad de bien? (Por no decir que, en comparación, comía fatal…)

 

Así que, un buen día, decidí que no comería más carne ni pescado. Pero no por la carne ni el pescado en sí, que no eran ya santo de mi devoción, pero todavía había platos a los que no les hacía ascos (los berberechos, el pescado rebozado, los libritos...), sino como una forma de “obligarme” a vigilar mi alimentación; para asegurarme de que no me faltaran nutrientes. Y eso hice. Pedí hora con una nutricionista, que me aclaró varios puntos (algunos ya los había aprendido después de leer “Vegetarianos Con Ciencia”, de Lucía Martínez):

  • Necesitaba suplementarme con vitamina B12, y si me hiciera vegana (según ella, suele ser el siguiente paso en los vegetarianos), con yodo, también.
  • Si no me gustaban, no hacía falta que comiera tofu, ni seitán, ni quinoa, ni aceite de coco, ni ningún alimento de ésos que están tan de moda, pero que nunca han formado parte de nuestra alimentación mediterránea (al ser traídos de todos los confines de la tierra, algunos de ellos son poco ecológicos/sostenibles… y encima, de muchos de ellos tenemos productos equivalentes en calidad nutricional a la vuelta de la esquina).
  • Tampoco era necesario que comiera todos días legumbres. ¡Aleluya! ¡Gran alivio! Podía consumirlas todo lo que quisiera, puesto que no hay límite máximo, pero tampoco hay mínimo. Como por aquel entonces solo comía garbanzos en forma de hummus, cacahuetes (también es legumbre) y judía verde, me pareció una buenísima noticia. ¡No tendría que esforzarme en comer alimentos como si fueran medicinas!
  • Me recomendó también que tuviera en casa pocos o ningún alimento procesado: todo “fait maison”, mirando bien la procedencia de los alimentos y cocinado con amor –como ya hacían las mamis del grupo, esas heroínas.
  • Tenía que reducir drásticamente mi ingesta de azúcar diaria. Eso ha sido (y sigue siendo) mi talón de aquiles. Admito que me ha costado muchísimo más “desengancharme” del azúcar refinado y la bollería en general, que dejar de comer carne y pescado. Aunque eso, como todo, va a personas (hay quien no se imagina una vida sin su bocata de lomo con queso...)
  • Al final y resumiendo: mi alimentación simplemente se basa en el consumo de productos no ultraprocesados: verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos y semillas. Ha resultado no ser tan difícil, incluso para una rubia como yo. Requiere planificación, eso sí (igual que una dieta omnívora bien equilibrada), pero no hace falta ser un cerebrito ni haber participado en Master Chef. Si yo puedo, todo el mundo puede. Palabrita de niño Jesús. Además, he encontrado un par de libros de cocina vegana que me han ayudado en los inicios (yo soy más de libro de recetas en papel que de web, he de confesar). Son “Mis recetas vegetarianas”, de Alba Juanola, y “Las delicias de Ella”, de Ella Woodward (si de este último no tenemos en cuenta las pautas nutricionales, ni los textos relativos a los superalimentos, los alimentos que curan, etc., nos queda un libro de recetas muy ricas y sencillas de preparar).

Resumiendo, aquí tenéis el primer motivo que puede servir a alguien para pasarse al vegetarianismo: el comer mejor. No porque no se pueda ser omnívoro y comer bien, que evidentemente poderse, se puede. Sino porque, si te pasa como a mí y estás casi segura de que no estás siguiendo el plato nutricional (o de que tu alimentación está lejos de ser equilibrada y está más cerca de lo que comería un norteamericano medio), quizá te pase como a mí y ser vegetariano te obligue a mirar de otra forma lo que llevas a tu boca y decidirte, por fin, a poner orden y concierto en tu alimentación. De una vez por todas.

Y después todavía aprendí más cosas...

El siguiente motivo que descubrí, pocos meses después de haber tomado ya la decisión, fue ecológico. No tenía ni idea de que la producción de carne, tal como está planteada actualmente,  fuera tan tremendamente nociva para nuestro pequeño planeta azul, pero lo cierto es que así es. Por no hablar del consumo desmesurado de pescado y marisco, que está vaciando nuestros mares. Aquí, aquí y aquí tenéis más información al respecto. Por lo visto, si la forma de crianza de animales fuera la de antaño, con pocos animales pastando en extensiones de campo considerables, con su comida creciendo del suelo, relacionándose entre ellos, etc., el impacto medioambiental no solo no sería ya negativo, sino que pasaría a ser positivo. 

El último aspecto al que llegué es el ético o moral. Es éste un tema que en ningún momento me ha llamado la atención. Siempre hemos comido animales y, enfin, el paso previo es inevitable –matarlos. Pero la pregunta que me planteo ahora es si los animales merecen, simplemente porque nosotros lo hemos decidido, no solo que se les traiga al mundo para acabar siendo carne de Whopper, sino vivir sus vidas en unas condiciones deplorables como las de las imágenes que, día sí, día también, podemos ver en las redes sociales (solo tenéis que hacer una búsqueda en Google por “ganadería moderna” y entenderéis de qué os estoy hablando). 

Lo cierto es que jamás de los jamases permitiríamos que una mascota nuestra, perro, gato, cobaya, viviera en las condiciones en las que lo hacen los animales con los que nos alimentamos, ¿cierto? Igualmente, tampoco nos comeríamos a nuestras mascotas –cuando son animales igual, algunas de ellas consideradas comestibles en muchas culturas…

Para acabar ya...

Con estas reflexiones solo quiero haceros llegar mi proceso personal. Cuál ha sido mi camino hasta encontrarme en este punto, en el que como (por fin) bien: variado, rico y sano. Además, de rebote, mi familia se alimenta también mil veces mejor que hace un año. ¿Qué más se puede pedir?

 

Por supuesto, no es mi idea convencer a nadie, sino más bien echar un poquito de agua en esa semillita que puede estar ya germinando en ti, o en ti, y dar un último empujoncito para tomar la decisión final de pasarte al vegetarianismo, o quizá de consumir menos proteína animal y más vegetal (poquita cosa, ¿no?).

PS: Desde aquí mis más humildes disculpas a mi amiga Sarita. Ella lleva enviándome vídeos y artículos acerca del vegetarianismo y el veganismo desde tiempos inmemoriales, sin éxito alguno. Veía a todos esos conferenciantes como yoguinis locos (ella es profesora de yoga) y peligrosos. Y aunque tuvieran razón, si eliminábamos de nuestra dieta todos los alimentos que ellos consideraban nocivos o inmorales, ¿qué nos iba a quedar? ¿volver a las raíces y las semillas?

Así que sí: lo siento, Sarita. Lamento no haber mostrado jamás el más mínimo interés en tus amorosas intenciones.

Y ya que estoy: gracias por quererme, a pesar de mis grandes y mis de pequeños defectos.

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