La culpabilidad, esa carga inútil (O cómo ser mamá en el s.XXI y no morir en el intento)

Todas la conocíamos de vista. Puede que alguna vez se hubiera colado a tomar café por casa. Pero de repente somos madres y, sin comerlo ni beberlo, sin esperarla siquiera, se instala en la habitación de invitados o haciendo couchsurfing y se nos pega como una sombra. Nos sigue del baño al súper, del súper al dentista. No nos deja respirar.

Es ella. La culpabilidad.

Hay muchas teorías que explican su existencia. Yo tengo una también, y aunque no es invención mía, me suena muy cierta. Pienso que vivimos en un mundo loco e hiperexigente. Todos debemos a toda costa ser guapos (o por lo menos cuidarnos), tener buenos trabajos, estar siempre de buen humor, llegada cierta edad tener dinero para comprar un piso, salud a raudales y una pareja estable con la que fundar una familia. Como nos alejemos de eso: ¡Qué horror! ¡Así no se puede vivir! Nos sentimos culpables. Somos personas despreciables y sin valor.

Sin embargo, olvidamos que nada de eso es absolutamente indispensable. Que se puede ser súper feliz (¡incluso más feliz!) sin casa propia, sin pareja, despreocupándose del aspecto físico, estando muy enfermos y teniendo poca vida social. Porque aunque lo intuimos, nos cuesta admitir que la felicidad es otra cosa. Se esconde en otros lugares. Tal es el bombardeo diario de mensajes en sentido contrario.

Cuando somos madres, las exigencias se multiplican hasta el infinito y más allá. Ya no solo has de poder llevar la casa, oler siempre a perfume y tener el pelo sin una cana, sino que encima has de cuidar a tu bebé como dicen los demás. Que es la única forma correcta, ¡faltaría más! porque tú solo eres una novata y el que sabe es, claramente, el que te da el consejo. No tú.

En ese caldo de cultivo, la culpabilidad se encuentra en su salsa. Mmmm... ¡Qué maravilloso lugar para quedarse a vivir, por favor! Y ya la tenemos liada. 

Nos sentimos culpables cuando tenemos que dar un biberón (¡qué mala madre! ¿cómo no he sido capaz de alimentar a mi bebé con mi propia leche, como hace todo el mundo? ¿acaso se puede ser más inútil?), cuando queremos salir a dar una vuelta o a cenar con nuestra pareja (¿se pensará el pequeño que ya no le quiero?), ¡hasta cuando el bebé se pone enfermo! (eso ha sido por dejar querer llevármelo de paseo con este frío. ¡a quién se le ocurre!)


En mi experiencia, la única forma de mantenerla a raya es racionalizando. Constantemente. Sin descanso. Recordándonos a cada paso las prioridades (que nosotras estemos bien, que nuestros bebés estén bien) y olvidándonos de hiperexigencias locas: no pasa nada por hacer las cosas medio bien o incluso a veces, ¡mal!. La perfección está sobrevalorada. Desear hacer las cosas lo mejor que una sabe es estupendo. Pero pretender que todo tenga que salir siempre genial, que nuestro bebé nunca llore, sacar tiempo de donde sea para hacerles masajes terapéuticos y juegos que les estimulen, que llevemos siempre las manos perfectamente manicuradas y sobre todo que nuestros pequeños sean independientes y duerman, coman y se entretengan solos a los dos meses no tiene sentido alguno.

(Un inciso sobre el tema de la independencia de los bebés. En palabras de Carlos González: "Un adulto independiente es aquel que vive junto a otros adultos, que es capaz de pedir ayuda y de ofrecerla. Eso es ser independiente, porque en el ser humano ese concepto significa inter-dependencia. Entonces, el niño que sabe que su madre o padre llegará cuando lo necesite, ese niño es el que se está haciendo independiente porque tendrá la capacidad de desenvolverse sin problemas en la sociedad, con los demás, cuando sea mayor". Otra forma de verlo, ¿verdad?)

Hay quien sostiene que si no culpabilizamos no aprendemos. Que la culpa nos avisa que algo hemos hecho mal, para poder enmendarnos rápidamente. Y yo digo... ¡venga ya! Uno puede intentar mejorar cada día, y ahorrarse el sentirse culpable. Simplemente, siendo más amable con uno mismo y hablándose con cariño, como lo haríamos a un amigo: "Ey! Que no pasa nada. La próxima vez lo haremos mejor". Podemos aprender las lecciones sin tener que pasar por el suplicio inútil de sentirnos como gusanos asquerosos que reptan por el submundo. Sin flagelarnos a cada paso y por cada decisión equivocada. "Solo los que no hacen nada no se equivocan nunca", he oído alguna vez. ¡Y cuánta razón!

No pretendamos ser personas ni padres perfectos. No estaremos dando un modelo realista a nuestros hijos, que (aunque cueste de imaginar) van a ser imperfectos y van a tener que vivir en un mundo imperfecto también. ¡Sintámonos orgullosos de nuestras imperfecciones! ¡Gritémoslas a los cuatro vientos! Y demos así a nuestros hijos las herramientas para ser felices en las circunstancias que les toquen vivir, sean éstas las que sean.


El grupo no se reunirá los próximos dos viernes (25 de diciembre y 1 de enero), y está todavía por confirmar si podremos ir el viernes día 8 de enero. Durante estos días, si tenéis alguna duda o problema, por favor llamad a cualquiera de los números que aparecen por todas partes en esta web. ¡María y yo estaremos encantadas de ayudaros! :-)

Nota: Como siempre, esta entrada se basa en las teorías de la psicología cognitiva que tan bien explica Rafael Santandreu en sus libros. Tenéis todas las referencias bibliográficas aquí.

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