Esas mamis loquitas (II): La neura de la mala madre

Allá vamos, con la segunda edición de esta fascinante enumeración de las distintas "neuras" especialmente comunes entre nosotras, las mamis. La de hoy, como la del otro día, es un gran clásico. Consiste, básicamente, en sentirse una madre-gusano; la peor madre de la peor especie; el mamífero más inútil que haya habitado sobre la faz de la tierra; un fracaso absoluto como cuidadora y figura materna.

¿Te ha pasado alguna vez? 

Bien. Si te ha pasado, sigue leyendo.

La mente humana tiene la particularidad de pasar muchísimos ratos... valorando. ¿Os habéis fijado? Comparamos unas experiencias con otras (o las mismas realizadas en otros momentos), puntuándolas constantemente en nuestro baremo personal. Imagínate por un momento sentada tranquilamente: ¿Estoy cómoda? ¿Me está doliendo la espalda? ¿Mucho o un poquito? ¿Como la otra vez que tuve que pedir hora en el fisio, o menos? Etc. Hasta aquí nada nuevo bajo el sol... pero ahora viene el redoble de tambores: es importante que esta valoración esté bien hecha. Sea correcta, y sobre todo, funcional. Que nos sirva para algo, vaya.

¿Y cómo se consigue esto? 

Imaginaos que tenemos una recta en la que situamos todas nuestras valoraciones. Pueden comenzar en en un punto llamado por ejemplo "fatal-de-la-muerte-no-se-puede-ser-más-desgraciado" y acabar en "esto-es-vida". Más o menos. Para hacerla más simple, diremos que al extremo de la izquierda tenemos "Terrible" y luego pasamos por "Muy malo", "Malo", "Regular", "Bueno", "Muy bueno" y "Genial" en el extremo contrario. ¿Os la imagináis? Quedaría una cosa así:

Estas serían las valoraciones en las que nos movemos con mayor frecuencia. Ahora bien, si nuestro sistema de valores es poco funcional (y solemos tenerlo todos un poco atrofiado), tenderemos a etiquetar las cosas un poco malas como "Terribles", con el consiguiente desgaste mental que ello provoca. ¡Porque recordad que sentimos en función de lo que pensamos! Si nuestro diálogo interno nos está machacando con frases del tipo "Esto es inaguantable, terrible, lo peor que me puede pasar en la vida", nos sentiremos angustiadas y tensas, naturalmente. De rebote, todas las vivencias tenderán a ajustarse a esta valoración: es decir, si el que nuestro bebé llore es "Terrible", que nos detectaran un cáncer saldría de la línea de la valoración de la vida por la izquierda hasta el infinito. ¿Sí? 

Primero analizaremos algunos pensamientos que suelen llevarnos a tal conclusión. Y por qué creemos que ser una mala madre es fatal, peor que terrible, ¡intolerable!:

  • Reconozcamos que las exigencias actualmente están por las nubes: que si ir monas, que si cocina sana, que si (las que ya regresaron al trabajo) ser empleadas eficientes... y claro, como madres debemos ser perfectas. Atender a nuestros hijos siempre con una sonrisa, no estar nunca cansadas, ni gritar, ni (¡dios nos libre!) llorar. 
  • Siguiendo este razonamiento, por supuesto tenemos que alimentarles con nuestra leche. El biberón es el enemigo número uno de las madres que amamantan. Es un elemento horrible, malvado. Destruye la lactancia materna, y todo el mundo sabe que los niños que no toman la leche de su madre parten con grandes desventajas en la vida.
  • Tenemos que tratarles siempre con amor, nunca perder la paciencia, porque eso ¡podría traumatizarles! Convertirles en personas adultas con problemas psicológicos e irremediablemente infelices.

Bien. Ya tenemos la frase de marras a fuego en la cabeza. "Soy Una Mala Madre". Comenzamos a sentirnos mal, tristes y angustiadas. Es el momento de actuar, contrarrestando con argumentos racionales que logren convencer a esa vocecita de que 1) en realidad, estrictamente hablando, no somos unas malas madres y 2) aunque lo fuéramos, sería un poco malo, pero tampoco el fin del mundo.

Solo de esta forma lograremos regresar a un estado de tranquilidad y paz mental. 

Vamos allá.

La clave de todo (o casi): El diálogo racional

  • Para empezar: ¿qué es ser una mala madre? Tú no estás maltratando a tu hijo física ni psicológicamente de forma constante. No tiene una forma de apego desorganizado. Está sano y es feliz la mayor parte del tiempo. Toma nota: dejarle un día dos horas más con la kanguro para ir a la pelu no está englobado dentro de lo que es una mala madre. Que tu hijo se destete, o destetarle porque te duele, te agobia la lactancia en tándem o ya no te compensa ni es una actividad placentera, tampoco. Estar enferma y tener que pasar el día en la cama, tampoco. Que tu hijo tenga rabietas, tampoco. Resumiendo: lo estás haciendo fenomenal.
  • Perder los estribos, estar cansado, llorar, amenazar... todos podemos hacerlo un día, porque somos seres humanos. Y como tales, fallamos. Tenemos defectos. ¡Muchos! Entre ellos se cuenta el no ser una madre perfecta.
  • En cierta ocasión leí que, cuando los padres son perfectos (habría que ver al detalle a qué se referían con eso), los niños crecen frustrados, porque entienden que jamás podrán ser como ellos. No sé hasta qué punto esto es cierto o una tontería más de ésas que corren por la red, pero por si acaso, aquí va un argumento más.
  • Pensemos que nuestros hijos van a tener que lidiar todos los días de su vida de adultos con personas como nosotras. Normales y fallonas. Que a veces gritan, aunque les quieran. Que tendrán días buenos y días de no querer levantarse de la cama. Porque la vida es así. Les estamos dando las herramientas necesarias para convivir alegremente con estas personas (insisto, personas normales) y acostumbrarse a estar entre ellas.
  • De todas formas, aunque todos estos argumentos no nos convencieran y siguiéramos pensando que somos unas malas madres, hay muchísmos casos de niños maltratados, o criados en hogares violentos, por ejemplo, que se han convertido en adultos felices, que hicieron grandes cosas por los demás. No todo lo que les pasa a nuestros hijos depende de nosotros. No somos deidades. Relajémonos.

El último paso es el más sencillo y consiste en transformar todos los "debería", "tendría que" y otras creencias irracionales en deseos o pensamientos racionales:

  • Me encantaría poder atender siempre a mi bebé de forma cariñosa y amable, pero no va a poder ser, y eso tampoco es el fin del mundo. Él o ella seguirá queriéndome y logrará convertirse en una persona maravillosa, a pesar de todos mis errores.
  • Estaría genial poder darle siempre el pecho, hasta los tres, cuatro o cinco años, pero si hemos de cambiar a la de fórmula, o empezar a darle mi leche de biberón... ¡tampoco acaba el mundo! Podremos disfrutar el uno del otro igualmente, ser súper felices los dos y comenzar una nueva etapa en nuestra relación.
  • Quizá resultara divertido ser perfecta un rato, pero ha de ser agotador. Es mucho más razonable y relajado intentar hacerlo lo mejor posible, aprender y disfrutar del camino todo lo que pueda. ¡Sintámonos orgullosos de nuestros errores!

Bueno, después del tiempo que he tardado en redactar todo esto... ¡espero que os sirva! Y que practiquéis el diálogo racional y desterréis, poco a poco, los pensamientos irracionales de vuestras conversaciones con vosotras mismas. Ya sabéis que solo toca una cosa: practicar, practicar y practicar, hasta que en nuestra línea de valoraciones de la vida solo encontremos "Malo", "Regular" y "Bueno". Sin pasar por grandes oscilaciones; ni dramas ni euforias desmedidas. 

 

¡Nos vemos el viernes que viene!

Hasta entonces, disfrutad de vuestros bebitos, sed bien normales ¡y equivocaos todo lo que haga falta, súper mamis!

Basado en la bibliografía de Rafael Santandreu 

Escuela de Felicidad, El Arte de No Amargarse la Vida, Las Gafas de la Felicidad, Ser Feliz en Alaska

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Comentarios: 1
  • #1

    Núria (martes, 12 abril 2016 08:38)

    Moltes felicitats perque lhas clavat...tenim tendència a jutjarnos a diari...gràcies per la gran reflexió