¿Pero por qué querría nadie hacerse vegetariano (cuando está tan rico el jamón serrano)?

Escribo esta entrada, aunque nada tenga que ver con la lactancia materna ni con la maternidad, porque llevo tiempo pensando en cuánto me hubiera gustado que alguien, ahí fuera, en el ciberespacio, publicara en un texto qué razones podría tener nadie para hacerse vegetariano o vegano, cuáles son sus ventajas e inconvenientes, y me resolviera algunas dudas de tipo dietético-nutricional. Así que aquí tenéis mi experiencia, por si puede servirle a alguien. 

Si tú eres una de esas personas que te imaginas, a veces, siendo vegetariano o vegano, pero no sabrías exactamente por qué hacerlo y todas las razones te parecen vagas o insuficientes, aquí va mi historia:  

 

Todo comenzó por una preocupación de índole nutricional. Realmente, desde siempre he basado mi alimentación en las verduras, pero nunca he tenido la impresión de llevar una dieta equilibrada. Comía muchos dulces, y siempre había galletas en casa. También me encanta y comía a menudo embutido y mantequilla. Mermeladas y helados. Aunque la carne hace bastante tiempo que me da un poco de…  ¿cómo decirlo? ¿asco? Sí, creo que es el término más apropiado…  solo hace unos meses fui consciente de que, cuando comíamos fuera, pedía casi exclusivamente pescado. O pollo. El caso es que tuvieran el aspecto y el sabor lo más alejados del animal de origen posible. ¿Os dais cuenta? Yo no, hasta hace poco.

Paralelamente vino el asombrarme ante lo bien que se alimentaban algunas de las mamis del grupo de apoyo. Sí, sí; ¡de éste! Enviaban fotos a través del grupo de WhatsApp de platos deliciosos y completamente sanos que acababan de cocinar, para ellas y para sus bebés. A veces incluso veganos. Comidas cocinadas en casa, con tiempo y amor, y hasta arriba de fibra, vitaminas… ¡y además de aspecto suculento! Ahí comencé a hacerme más preguntas: ¿Cómo podía ser que ellas, que tenían bebés pequeñitos, sacaran el tiempo para cocinar esos manjares? ¿Y yo, con dos niños más mayores y claramente más tiempo disponible, no fuera capaz de comer ni la mitad de bien? (Por no decir que, en comparación, comía fatal…)

 

Así que, un buen día, decidí que no comería más carne ni pescado. Pero no por la carne ni el pescado en sí, que no eran ya santo de mi devoción, pero todavía había platos a los que no les hacía ascos (los berberechos, el pescado rebozado, los libritos...), sino como una forma de “obligarme” a vigilar mi alimentación; para asegurarme de que no me faltaran nutrientes. Y eso hice. Pedí hora con una nutricionista, que me aclaró varios puntos (algunos ya los había aprendido después de leer “Vegetarianos Con Ciencia”, de Lucía Martínez):

  • Necesitaba suplementarme con vitamina B12, y si me hiciera vegana (según ella, suele ser el siguiente paso en los vegetarianos), con yodo, también.
  • Si no me gustaban, no hacía falta que comiera tofu, ni seitán, ni quinoa, ni aceite de coco, ni ningún alimento de ésos que están tan de moda, pero que nunca han formado parte de nuestra alimentación mediterránea (al ser traídos de todos los confines de la tierra, algunos de ellos son poco ecológicos/sostenibles… y encima, de muchos de ellos tenemos productos equivalentes en calidad nutricional a la vuelta de la esquina).
  • Tampoco era necesario que comiera todos días legumbres. ¡Aleluya! ¡Gran alivio! Podía consumirlas todo lo que quisiera, puesto que no hay límite máximo, pero tampoco hay mínimo. Como por aquel entonces solo comía garbanzos en forma de hummus, cacahuetes (también es legumbre) y judía verde, me pareció una buenísima noticia. ¡No tendría que esforzarme en comer alimentos como si fueran medicinas!
  • Me recomendó también que tuviera en casa pocos o ningún alimento procesado: todo “fait maison”, mirando bien la procedencia de los alimentos y cocinado con amor –como ya hacían las mamis del grupo, esas heroínas.
  • Tenía que reducir drásticamente mi ingesta de azúcar diaria. Eso ha sido (y sigue siendo) mi talón de aquiles. Admito que me ha costado muchísimo más “desengancharme” del azúcar refinado y la bollería en general, que dejar de comer carne y pescado. Aunque eso, como todo, va a personas (hay quien no se imagina una vida sin su bocata de lomo con queso...)
  • Al final y resumiendo: mi alimentación simplemente se basa en el consumo de productos no ultraprocesados: verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos y semillas. Ha resultado no ser tan difícil, incluso para una rubia como yo. Requiere planificación, eso sí (igual que una dieta omnívora bien equilibrada), pero no hace falta ser un cerebrito ni haber participado en Master Chef. Si yo puedo, todo el mundo puede. Palabrita de niño Jesús. Además, he encontrado un par de libros de cocina vegana que me han ayudado en los inicios (yo soy más de libro de recetas en papel que de web, he de confesar). Son “Mis recetas vegetarianas”, de Alba Juanola, y “Las delicias de Ella”, de Ella Woodward (si de este último no tenemos en cuenta las pautas nutricionales, ni los textos relativos a los superalimentos, los alimentos que curan, etc., nos queda un libro de recetas muy ricas y sencillas de preparar).

Resumiendo, aquí tenéis el primer motivo que puede servir a alguien para pasarse al vegetarianismo: el comer mejor. No porque no se pueda ser omnívoro y comer bien, que evidentemente poderse, se puede. Sino porque, si te pasa como a mí y estás casi segura de que no estás siguiendo el plato nutricional (o de que tu alimentación está lejos de ser equilibrada y está más cerca de lo que comería un norteamericano medio), quizá te pase como a mí y ser vegetariano te obligue a mirar de otra forma lo que llevas a tu boca y decidirte, por fin, a poner orden y concierto en tu alimentación. De una vez por todas.

Y después todavía aprendí más cosas...

El siguiente motivo que descubrí, pocos meses después de haber tomado ya la decisión, fue ecológico. No tenía ni idea de que la producción de carne, tal como está planteada actualmente,  fuera tan tremendamente nociva para nuestro pequeño planeta azul, pero lo cierto es que así es. Por no hablar del consumo desmesurado de pescado y marisco, que está vaciando nuestros mares. Aquí, aquí y aquí tenéis más información al respecto. Por lo visto, si la forma de crianza de animales fuera la de antaño, con pocos animales pastando en extensiones de campo considerables, con su comida creciendo del suelo, relacionándose entre ellos, etc., el impacto medioambiental no solo no sería ya negativo, sino que pasaría a ser positivo. 

El último aspecto al que llegué es el ético o moral. Es éste un tema que en ningún momento me ha llamado la atención. Siempre hemos comido animales y, enfin, el paso previo es inevitable –matarlos. Pero la pregunta que me planteo ahora es si los animales merecen, simplemente porque nosotros lo hemos decidido, no solo que se les traiga al mundo para acabar siendo carne de Whopper, sino vivir sus vidas en unas condiciones deplorables como las de las imágenes que, día sí, día también, podemos ver en las redes sociales (solo tenéis que hacer una búsqueda en Google por “ganadería moderna” y entenderéis de qué os estoy hablando). 

Lo cierto es que jamás de los jamases permitiríamos que una mascota nuestra, perro, gato, cobaya, viviera en las condiciones en las que lo hacen los animales con los que nos alimentamos, ¿cierto? Igualmente, tampoco nos comeríamos a nuestras mascotas –cuando son animales igual, algunas de ellas consideradas comestibles en muchas culturas…

Para acabar ya...

Con estas reflexiones solo quiero haceros llegar mi proceso personal. Cuál ha sido mi camino hasta encontrarme en este punto, en el que como (por fin) bien: variado, rico y sano. Además, de rebote, mi familia se alimenta también mil veces mejor que hace un año. ¿Qué más se puede pedir?

 

Por supuesto, no es mi idea convencer a nadie, sino más bien echar un poquito de agua en esa semillita que puede estar ya germinando en ti, o en ti, y dar un último empujoncito para tomar la decisión final de pasarte al vegetarianismo, o quizá de consumir menos proteína animal y más vegetal (poquita cosa, ¿no?).

PS: Desde aquí mis más humildes disculpas a mi amiga Sarita. Ella lleva enviándome vídeos y artículos acerca del vegetarianismo y el veganismo desde tiempos inmemoriales, sin éxito alguno. Veía a todos esos conferenciantes como yoguinis locos (ella es profesora de yoga) y peligrosos. Y aunque tuvieran razón, si eliminábamos de nuestra dieta todos los alimentos que ellos consideraban nocivos o inmorales, ¿qué nos iba a quedar? ¿volver a las raíces y las semillas?

Así que sí: lo siento, Sarita. Lamento no haber mostrado jamás el más mínimo interés en tus amorosas intenciones.

Y ya que estoy: gracias por quererme, a pesar de mis grandes y mis de pequeños defectos.

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Comentarios: 1
  • #1

    Cintia (martes, 25 julio 2017 01:05)

    Me ha gustado mucho tu artículo! Yo fui vegetariana 5 años de joven y la verdad lo hice mal y me trajo consecuencias para toda la vida por culpa de un exceso de consumo de soja y no estar bien informada de las carencias. Creo que para llevar esa dieta hay que informarse mucho, leer mucho o ir a un nutricionista como has dicho.
    Yo ahora llevo alimentación sana pero omnivora. He reducido al máximo azúcares y comida procesada (bollería y comida basura nunca) y comemos mucha verdura, fruta, legumbres (A nosotros nos encantan), y carne, pescado un par de veces por semana. Lo noto mucho en la salud y en la energía y hace meses que no enferma nadie en casa. Un besito �